lunes, 12 de diciembre de 2011

Cuento

-¡Cabezaaaas! – el grito resonó en toda la habitación

-¿Dónde te has metido? – continuó gritando

-¡Es hora de pasear! – anunció con voz sibilante.

Al escuchar la palabra “pasear”, cabezas apareció rápida como un rayo

Había estado escondiéndose debajo de un sofá, mordiendo 3 zapatillas, durmiendo dos veces, y gruñendo a dos voces. Probablemente has pensado, “¡eso es imposible!”. Bueno, lo sería para una mascota normal, pero cabezas no se llamaba así por casualidad. Tenía siete cabezas. De hecho, era una pequeña hidra que *nombre de medusa* había acogido tiempo atrás. Desde entonces la había criado como mascota y era su mejor amiga.

*medusa* le puso la correa, atada a cuerpo (no iba a perder el tiempo atando 7 cuerdas en 7 cuellos), y juntas salieron de la casa. Bajaron los dos pisos que las separaban de la planta baja por las escaleras. Cabezas estaba realmente impaciente por llegar, no paraba de tirar de la cuerda luchando por ir medio paso delante de lo que la atadura le permitía.

Fueron a donde siempre, al parque de las lechuzas. No se llamaba así porque hubiera lechuzas de verdad, sino porque se oía un ulular continuo por las noches, como si realmente estuvieran allí. Sin embargo nadie las había visto. Unos decían que era el ruido del viento al sonar en el interior de un tronco hueco, mientras que otros afirmaban que realmente había una familia de esas aves viviendo allí, solo que demasiado escondidas como para que ojos poco atentos las vieran. Tuviesen razón unos u otros, esa no era la razón por la que el parque de las lechuzas fuera el lugar favorito de paseo de lechuzas. La razón, era la comida.

Habrás oído hablar de hidras temibles, con infinitos colmillos preparadas para devorar carne, humana preferentemente. Nada más lejos de la realidad. Cabezas era, como todas las hidras, vegetariana. Y en ese parque, había muchísimas plantas de la especie favorita de Cabezas, hojas de fuego. Eran rojas y la verdad ignoro su sabor, pero debían estar buenas porque cabezas nunca se cansaba de comerlas. Por suerte vivían todo el año y crecían muy rápido por lo que no se acababan nunca.

Sin embargo ese día iba a ocurrir algo distinto. Algo distinto y no muy agradable. Después de que Cabezas se hubiera comido unas 20 hojas, la siguiente no fue una hoja roja. Era verde, pero a Cabezas no pareció importarle. Pero si pareció sorprenderse cuando la hoja se puso a llorar. De un salto se retiró Cabezas, a la vez que gruñían y aullaban sus 7 bocas.

-¿Qué pasa?- preguntó *medusa* que estaba momentáneamente distraída por el juego de unos niños.

Cabezas no le respondió, pero tampoco hacía falta. La hoja lloraba más fuerte si cabe y la tierra comenzó a removerse hasta que, finalmente, ¡asomó una mano! Luego otra mano, luego la cabeza coronada por la hoja malherida y finalmente los dos pies. Y salió corriendo. Era, sin duda alguna, una mandrágora, una planta tan poco habitual como el orden en refugio de cabezas.

Y a la huida de la mandrágora, siguió la huida de cabezas. No contenta con haberla mordido y movida por la curiosidad de un ser que no había visto nunca, saltó corriendo detrás de ella, llegando a liberar la correa de la mano sorprendida de *medusa*

En estos segundos de raudo movimiento no le dio tiempo a *medusa* a reaccionar y, antes de que se diera cuenta, ya le había sacado una gran ventaja. *medusa* no perdió el tiempo y, antes de que se perdiera de vista, salió corriendo también tratando de llegar hasta la correa que ondeaba en el furor de la carrera de cabezas.

Cinco minutos después todo acabó. Pero para mal. Unas calles más alejados del parque, perdió de vista a su mascota. *medusa*, por primera vez en mucho tiempo, se puso a llorar.

***

Una avalancha de gruñidos precedía las siete cabezas de cabezas, a pesar de que hacía ya rato que había perdido a su presa. No le gustaba quedarse sin comer lo que se le antojaba, mucho menos si lo que se le antojaba huía despavorido.

Ahora tocaba la parte difícil. Perseguir era sencillo, pero cuando se trataba de regresar a casa no tanto. Miró a su alrededor. Tuvo suerte. A pesar de haber sido una persecución sin rumbo, no se había separado demasiado de los lugares que le eran conocidos. Pensando en que ya era hora de volver, encaminó sus pasos hacia casa, con toda la intención de no preocupar a *medusa*

Pero esa intención se desvaneció tan pronto como vio a un gato negro con dos colas. Le faltó tiempo para correr y gruñir de nuevo.

***

No es momento de llorar.

*medusa* se enjugó las lágrimas y se levantó del suelo. No duró mucho de pie, pues fue a sentarse a un banco cercano.

Tenía que encontrar a cabezas. Seguro que ya habría perdido de vista a la mandrágora y estaría buscándola por la ciudad. Seguro que intentaba volver a casa. Seguro que la echaba de menos. Bueno, siendo honestos, quizás seguía persiguiendo cosas. Era una estúpida manía que tenía cabezas, cualquier cosa nueva era algo que debía asustar. Era una costumbre que le había intentado quitar desde que la adoptó en la tienda de animales…

¡La tienda de animales!

Pocos lugares de la ciudad conocía cabezas tan bien como su casa, ese parque y la tienda. Si no estaba en la tienda, tenía que estar en alguno de los otros dos sitios. Y su casa pillaba de camino a la tienda, de modo que podría echar un vistazo.

Con una nueva determinación en los ojos, *medusa* se levantó y se fue

***

Cabezas seguía corriendo, pero ya no perseguía sino que jugaba. El gato negro de dos colas acabó con la avalancha de cabezas de un zarpazo y, tras unos gruñidos lastimeros y algo amenazantes, acabaron por llevarse bien.

El gato negro de dos colas (que desde ahora llamaré “Colas”, a falta de otro nombre mejor) era un cachorro callejero que había aprendido, por fuerza de necesidad, a sobrevivir sin ayuda. Pero vivir solo nunca le había gustado y la oportunidad de tener un nuevo compañero de juegos le emocionaba, aunque no lo reflejase.

El estómago de Cabezas hizo de repente un sonido llamativo. Colas lo miró, entendiendo. “Te enseñaré a cazar” le dijo. Y acto seguido se lo llevó a su zona preferida de la ciudad.

***

Llegó a una velocidad difícil de definir, una mezcla entre andar y correr que la dejó en la puerta jadeando. Cruzó el umbral y unas campanillas tintinearon sobre su cabeza.

No era una tienda donde vendieran animales comunes, que pudieras encontrar en cualquier sitio. Por poner algunos ejemplos, en una pequeña jaula se podían ver hámsteres… Bueno, de hecho no se podían ver, puesto que eran hámsteres invisibles. Se notaba cuando pisaban en la hierba seca que cubría el suelo de la jaula, cuando corrían en la rueda o bebían agua pero a ellos nunca se les veía. Se dice que se volvían visibles cuando nadie los mira pero aunque fuera verdad eso no servía de mucho.

Lo más opuesto era un animal que atraía todas las miradas. Era una especie de cacatúa, de colores que iba perdiendo plumas a cada momento, y cada una de ellas eras sustituida por otra de un color diferente cada vez. Las plumas no llegaban a tocar el suelo nunca, porque ardían en el aire antes de llegar. Solo un ave soltó una pluma que no ardió, y estaba en manos de un coleccionista que pagó una increíble suma de dinero por tan raro objeto.

Cruzó entre las hileras de animales hasta llegar al mostrador donde encontró, sonriendo como siempre, a *nombreguayquenosemeocurreahoramismo*

*nombreguayquenosemeocurreahoramismo* era una persona fácil de identificar. Bajito, regordete, con pelo corto castaño y una sonrisa amplia oscurecida por la falta de un diente en el lado derecho. Llevaba gafas negras redondas algo pasadas de moda ante sus ojos de un color a medio camino entre el marrón y el verde.

Era un hombre con el que era fácil trabar amistad. Además, era el quien le había ofrecido quedarse a su querida cabezas. Recordaba perfectamente el momento, años atrás, cuando ambos presenciaron el nacimiento de la hidra. No era como las aves, que rompen el cascarón poco a poco. Tardó menos de un minuto en salir, a pesar de que el huevo tenía unos dos milímetros de espesor. Cuando asomó una de las cabezas se quedó mirando a medusa como pensando “¡ayúdame a salir de aquí!”. Al final de ese día ambas se habían cogido tanto cariño que *nombreguayquenosemeocurreahoramismo* no pudo menos que no separarlas.

-Medusa, hacía tiempo que no pasabas por aquí.

Medusa empezó directamente

-Cabezas ha desaparecido

*nombreguayquenosemeocurreahoramismo*frunció el ceño.

-¿Cuándo? ¿Dónde?

-Hace algo más de una hora, en el parque de las lechuzas. Encontró una mandrágora y salió persiguiendola calle abajo. No la encontraba así que tuve la esperanza de que hubiera venido a la tienda. Pero parece que no es asi.

-No, no ha aparecido por aquí, pero te ayudo a buscarla. Hoy iba a cerrar pronto igualmente, no hay clientela

Introducción

Bueno, este es el libro que escribo para mi hermana, para que lo ilustre. Es la continuación de una historia, que os resumo tal que así:

Medusa, una de las gorgonas, vivía en el bosque hasta que cierto día decide mudarse a la ciudad. Allí, a la mañana siguiente, descubre una cicatriz en su pecho y que le falta el corazón. Pregunta a diversos personajes (el monstruo de debajo de la cama, un hada madrina...) hasta que descubre que una ninfa del bosque se llevó de vuelta su corazón. Va a buscarlo, pero cuando lo encuentra no se lo puede llevar, porque ha echado raíces. Ella va a vivir su nueva vida a la ciudad, dejando parte de ella tras de sí, una parte que siempre pertenecerá a su bosque.

Bueno, y hasta aquí la primera historia que ya está escrita. Ahora viene lo difícil, la continuación.

Creo el blog para pedir colaboración al todo el que se le ocurra algo de argumento, desenlace, final o algo. La primera parte ya está hecha, aunque acepto sugerencias y cambiaría algo si fuera preciso. Sin más, publico en la siguiente entrada lo que hay de la historia.